Gergen, K. (1991). Prefacio y El asedio del yo, en El yo saturado, Barcelona, Paidós, Contextos, 1992, 11-39.

EL ANTES Y EL DESPUÉS. EL ASEDIO DEL YO.

Curiosamente aquellos que se dedican a hablar acerca de las experiencias de la vida cotidiana, de los procesos sociales, de la realidad, son precisamente los que se encuentran más alejados del mundo, son quienes pasan la mayor parte del tiempo dentro de la burbuja académica, por lo que no solo resulta buena idea sino que es indispensable darle voz a aquellos que no están dentro del ámbito, puesto que son ellos quienes pueden presenciar y vivir la mayoría de estas experiencias.

Sin duda alguna los cambios tecnológicos nos han llevado a la alteración en nuestra forma de relacionarnos con los demás, sometiéndonos a una mayor cantidad, y no necesariamente calidad, de estímulos sociales, debido al reciente incremento de formas en las que las personas ahora se pueden comunicar e incluso viajar sin moverse de la sala de sus casas. Por esta misma razón se puede ver un proceso de homologación, donde las diferencias entre las culturas comienzan a difuminarse, gracias a que los nuevos avances tecnológicos se han encargado de eliminar las barreras del tiempo y la distancia entre ellas, así pues es fácil mirar a nuestro alrededor y verificar que lo que podemos estar usando, es la misma moda en un lugar aparatado y recóndito en alguna parte del mundo, en el cual también cuentan con estos artificios tecnológicos por supuesto. Si nos detenemos un momento a pensar en lo antes dicho, podremos caer en cuenta de que esto no pudo a ver sido posible hace diez años. Es así como nuestras experiencias para con nosotros mismos y con los demás, se han visto modificadas. Pero no todos tenemos el mismo impacto en el resto de las personas, es decir, es un grupo pequeño el que se encarga de elegir y difundir aquello que es bueno, bonito, aceptable, correcto o no, mientras que los demás nos limitamos a ceñirnos a ese estatuto.

Como se hacía mención, hace diez años era imposible comunicarse en un mismo día, con minutos de diferencia, con personas ubicadas en lugares geográficamente muy apartados, lo que hacía que el círculo de relaciones que podíamos tener fuera extremadamente reducido, así también nuestra capacidad de trasladarnos de un lugar a otro ha sido drásticamente. Aunque a veces esto pareciera abarcar únicamente un sector de la población, la realidad es que es algo que afecta a toda una cultura.

Uno de los fenómenos que acompañan este proceso, es el del deseo de mostrarnos accesibles a los demás, de mostrar que hemos aprendido correctamente lo que aquel grupo minoritario ha marcado, por lo que buscamos hacer uso del lenguaje apropiado en el momento correcto según la situación. Los términos con los que disponemos para lograrlo limita nuestras posibilidades de actuación, por esta razón, ya que nos encontramos en una misma cultura es que damos por hecho que quienes nos rodean tienen una intencionalidad, hacen uso de la razón y son poseedores de procesos cognitivos, tales como la atención, la motivación, etc. Lo que respecta a la intencionalidad, resulta ser de gran importancia debido a que es esta la que le da sentido a los actos.

En esta época denominada como posmodernismo, la saturación social ha modificado tanto nuestra relación con los demás como la de nosotros mismos. En el caso del romanticismo se puede ver un yo pasional, visceral, con alma, mientras que en la modernidad, se habla de un yo racional, objetivo, con  argumentos, pero resulta que ambos se están desvaneciendo, abriendo paso al vocabulario posmoderno, el cual nos deja en la nada, poniendo incluso en tela de juicio el concepto de esencia personal, convirtiéndose así en una especie de apocalipsis del ser, donde cada vez somos más conscientes de la inexistencia de las cosas como tal, siendo un producto de nuestras perspectivas particulares, por lo que la realidad y la verdad son algo diferente para cada una de las personas, aportándonos por medio de la saturación social una multiplicidad de lenguajes del yo incoherentes y desvinculados entre sí.

En este marco, el individuo deja de serlo para convertirse en una categoría social, es por esto que el yo en singular es mínimo en la cultura, puesto que lo que vale no es la persona en sí, sino el grupo social al que pertenece, es decir, el yo colectivo, siendo esto así tenemos que no nos relacionamos con personas sino con etiquetas sociales como novio, hombre, guapo, buen partido, abogado y no con un sujeto en sí. Dicho lo anterior, la importancia del grupo social, adquiere indiscutiblemente un mayor peso, tanto que supera al individuo.

Las relaciones tenemos que también se encuentran ritualizadas, es decir, retomando lo que se decía acerca de lo que se considera apropiado y de la noción que se tiene acerca de lo que debemos hacer en determinada situación, podemos notar que específicamente nuestras relaciones laborales están mediadas por un ritual, por ejemplo: cuando uno va al médico es este quien se encarga de la mayor parte de la conversación haciéndonos preguntas acerca de nuestros síntomas, mientras que en una entrevista de trabajo, donde nosotros somos los entrevistadores, el control estará en nuestras manos, seremos quien marque el rumbo de la sesión y quienes elegiremos el guión, claro de acuerdo a la ocasión, por lo que no preguntaríamos cuantas veces ha evacuado en el día.

Cabe mencionar que la importancia que se le dé al grupo, dependerá de la cultura, ya que no podemos dejar de lado la enorme variabilidad que puede a ver de una a otra, tanto así que lo que puede resultar completamente natural en algún lado, puede ser una aberración en algún otro, tal es el caso de la maternidad, la cual goza de una enorme importancia en culturas como la nuestra, mientras que en otras viene siendo algo casi trivial. Así pues podemos ver que lo que antes se valoraba demasiado ha cambiado y probablemente se ha convertido en una banalidad, mientras que otras nuevas cuestiones han tomado su lugar.

Actualmente el  yo se define por sus defectos, es decir, quién no ha escuchado que alguien sin ser un profesional de la salud, se autodenomine como bipolar o hiperactivo en lugar de mujer, o de joven. Así pues nos podemos topar con el hecho de que términos de uso profesional son utilizados de manera popular. Y es con estos términos que nos percibimos, y vemos a los demás, observando una cientificación de la conducta y de los elementos de la vida cotidiana, lo que a la larga hace indispensable la visita a los especialistas, tan es así que basta con inventarse cualquier trastorno para posteriormente crear un taller que hable de su tratamiento para volverse rico. Entonces podemos decir que somos posmodernos al absorber los valores, opiniones y perspectivas de otros, viviendo día a día en la escena de los múltiples libretos.

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Bourdieu, P. (1996). Prefacio, El plató y sus bastidores. Sobre la televisión. Barcelona: Anagrama. 7-53.

SOBRE LA TELEVISIÓN POR PIERRE BOURDIEU

Este trabajo trata de mostrar las condiciones en las que se da el uso de la televisión como el medio con mayor cobertura a nivel mundial, así como es usado con fines e intereses que corresponden a tendencias políticas y empresariales. Ahora se da una lucha para que lo que hubiera podido convertirse en un extraordinario instrumento de democracia directa no acabe siéndolo de opresión simbólica.

  1. 1.    El plató y sus bastidores.

¿Por qué la gente hace todo lo posible por aparecer en la televisión en condiciones normales? Es una pregunta muy importante, no importa la degradación o la censura de la persona con tal de salir en una pantalla. En primera instancia, se le dice a la persona que puede decir y que no debe decir, se le mide el tiempo y tiene que estar en función de esos minutos, por último y por si hubiera la duda de que los puntos anteriores no se fueran a cumplir, hay una persona, un conductor o presentador que te va a regular la conducta en cada momento. Al aceptar participar sin preocuparse por saber si se podrá decir alguna cosa, se pone claramente de manifiesto que no se está ahí para decir algo, sino por razones completamente distintas, particularmente para dejarse ver y ser visto. “Ser”, decía Berkeley, “es ser visto”.

La televisión es un instrumento que, teóricamente, ofrece la posibilidad de llegar a todo el mundo, ya que actualmente es más fácil que en cada casa tengan de dos a tres televisores en promedio que leer 2 o tres periódicos al día. La reflexión para todos aquellos que salen en este medio masivo es:  ¿Está lo que tengo que decir al alcance de todo mundo? ¿Estoy dispuesto a hacer lo necesario para que mi discurso, por su forma, pueda ser escuchado por todo el mundo? ¿Merece ser escuchado por todo el mundo? ¿Debería ser escuchado por todo el mundo?¿Tiene algo que decir? ¿Está en condiciones de decirlo? ¿Vale la pena decir aquí lo que está diciendo? En resumen: ¿Qué está haciendo aquí?

Al darle respuesta a todas estas preguntas, tenemos una reflexión fuerte y crítica acerca de dos cosas ¿qué tan relevante es lo que hago? ¿a quién le sirve lo que hago?

Una censura invisible

El análisis sociológico tropieza a menudo con un malentendido quienes forman parte del objeto analizado, en este caso particular los periodistas, tienen tendencia a pensar que la labor de investigación y descripción de sus mecanismos es una labor de denuncia, dirigida contra alguien, o, como suele decirse, un “ataque”, un ataque personal, ad hominem (ahora bien, si el sociólogo dijera o escribiera la decima parte de lo que oye cuando habla con periodistas sobre los “arreglos”, por ejemplo, sobre la elaboración, nunca mejor dicho, de los programas, seria denunciado por esos mismo periodistas por sus prejuicios y su falta de objetividad). A la gente no le gusta quela conviertan en objeto, y a los periodistas menos que a nadie. Cuanto más se avanza en el análisis de un medio más compelido se ve uno a liberar a los individuos de su responsabilidad, y cuanto mejor se entiende cómo funciona mas se comprende también que las personas que intervienen en él son tan manipuladoras como manipuladas. A menudo, manipulan más cuando mas manipuladas están y más conscientes son de estarlo. Creo incluso que la denuncia de los escándalos, de las hazañas y fechorías de tal o cual presentador, o de los sueldos desorbitados de ciertos productores, puede contribuir a desviar la atención de lo esencia, en la medida en que la corrupción de las personas disimula esa especie de corrupción estructural que se ejerce sobre el conjunto del medio a través de mecanismos tales como la competencia por las cuotas de mercado, que me propongo analizar.

Quisiera exponer una serie de mecanismos que hacen que la televisión ejerza una forma particularmente perniciosa de violencia simbólica. La violencia simbólica es una violencia que se ejerce con la complicidad tácita de quienes la padecen y también de quienes la practican en la medida en que unos y otros no son conscientes de padecerla o de practicarla. La sociología, al igual que todas las ciencias, tiene como misión descubrir cosas ocultas; al hacerlo, puede contribuir a minimizar la violencia simbólica que se ejerce en las relaciones sociales en general y en las de comunicación mediática en particular.

Ocultar mostrando

Como la televisión puede, paradójicamente, ocultar mostrando. Lo hace cuando muestra algo distinto de lo que tendría que mostrar si hiciera lo que se supone que se ha de hacer.

Los periodistas tienen unos “lentes” particulares mediante los cuales ven unas cosas, y otras no, y ven de una forma determinada lo que ven. Llevan a cabo una selección y luego elaboran lo que han seleccionado. El principio de selección consiste en la búsqueda de lo sensacional, de lo espectacular. La televisión incita a la dramatización, en un doble sentido: escenifica, en imágenes, un acontecimiento y exagera su importancia, su gravedad, así como su carácter dramático, trágico. Paradójicamente, el mundo de la imagen está dominado por las palabras. La foto no es nada sin el pie; dar nombre significa hacer ver, significa crear, significa alumbrar. Las palabras pueden causar estragos. A veces me entran ganas de corregir  cada palabra que dicen los presentadores, porque hablan a menudo a la ligera, sin tener la más mínima idea de la complejidad y la gravedad de lo que dicen ni de la responsabilidad en que incurren ante miles de telespectadores al utilizar determinadas palabras sin comprenderlas y sin darse cuenta de que no las comprenden. Porque esas palabras hacen cosas, crean fantasmagorías, temores, fobias o, sencillamente, representaciones equivocadas. Lo que puede ser banal para otros puede ser extraordinario para ellos, y al revés, se interesan por lo extraordinario, por lo que se sale de lo común. Pero lo extraordinario es también, y sobre todo, lo que no es cotidiano en relación con los demás periódicos. Se trata de una coerción terrible: la que impone la búsqueda de la primicia informativa, de la exclusiva. Para ser el primero en ver algo, y en mostrarlo, se está dispuesto a lo que sea, como todo el mundo se copia mutuamente para adelantarse a los demás, para mostrar algo antes que los demás, de un modo distinto que los demás, todo el mundo acaba haciendo lo mismo, y la búsqueda de la exclusividad.

La circulación circular de la información

El periodista es un ente abstracto que carece de existencia real; lo que existe son periodistas diferentes según el sexo, la edad, el nivel de instrucción, el periódico, el “medio”. El mundo de los periodistas es un mundo fragmentado donde hay conflictos, competencias, hostilidades. El monopolio periodístico uniformiza y la competencia diversifica. Cuando ésta se da entre periodistas o periódicos sometidos a unas mismas imposiciones, a unos mismos sondeos, a unos mismos anunciantes, homogeneíza.

Los titulares de unas publicaciones se repiten más o menos modificados en las otras. Lo mismo sucede con los informativos televisivos o radiofónicos. En el mejor de los casos, o en el peor, sólo el orden de las noticias cambia. La producción es colectiva. Somos mucho menos originales de lo que creemos. Esto es claro cuando las personas leen las mismas notas en los periódicos, y es que ellos se informan de los demás periodistas, entonces es una paradoja, la exclusividad se da a partir de contar los hechos de forma distinta a los demás. Es claro que los únicos que leen más de un periódico son los mismos periodistas, que están buscando la nota. Se informan entre ellos.

La urgencia y el fast thinking

Los índices de audiencia ejercen un efecto muy particular sobre la televisión: se traducen en una mayor presión de la urgencia. La competencia entre los periódicos, entre los periódicos y la televisión, entre las cadenas de televisión, adquiere la forma de una rivalidad temporal por la primicia informativa, por ser el primero. Hay temas que son impuestos a los telespectadores, precisamente por la competencia con otros productores. La televisión no resulta muy favorable para la expresión del pensamiento.  Establece un vínculo, negativo, entre la urgencia y el pensamiento. Cuando se está atenazado por la urgencia, no se puede pensar. Existe un vínculo entre el pensamiento y el tiempo. Y uno de los mayores problemas que plantea la televisión es el de las relaciones entre el pensamiento y la velocidad.

La ideas preconcebidas” (Flaubert) son ideas que todo el mundo ha recibido, porque flotan en el ambiente, banales, convencionales, corrientes, el problema de la recepción no se plante: no pueden recibirse porque ya han sido recibidas.

Cuando se emite una “idea preconcebida”, es como si eso ya se hubiera hecho; el problema está resuelto. La comunicación es instantánea porque, en un sentido, no existe. O es sólo aparente. El intercambio de “ideas preconcebidas” es una comunicación sin más contenido que el propio hecho de la comunicación. Las “ideas preconcebidas” tienen la virtud de que todo el mundo puede recibirlas y además simultáneamente. Y, por el contrario, el pensamiento es, por definición, subversivo: para empezar ha de desbaratar las “ideas preconcebidas” y luego tiene que demostrar las propias. Cuando Descartes habla de demostración, se refiere a dilatadas concatenaciones de razonamientos.

Unos debates verdaderamente falsos o falsamente verdaderos.

Hay debates verdaderamente falsos, que en seguida se reconocen como tales y también hay debates aparentemente verdaderos, falsamente verdaderos. Voy a analizar el que organizó Cavada durante las huelgas de noviembre de 1995. Si observamos lo que sucedió durante el debate (me iré de lo más evidente a lo mas oculto) veremos una serie de operaciones de censura.

Primer nivel: el papel del presentador. Eso siempre llama la atención de los espectadores. Es quien impone el tema, quien impone la problemática, “¿Hay que quemar en la hoguera a las elites?” Impone el respeto a las reglas del juego. Concede la palabra, reparte elogios. Hay sociólogos que trata de cribar lo implícito no verbal de la comunicación verbal: decimos tantas cosas con las miradas, con los silencios, con los gestos, con las mímicas, con los movimientos de los ojos, etc., como con la palabra. Y también con la entonación, con todo tipo de cosas. Revelamos, por lo tanto, mucho más que lo que podemos controlar, tantos matices en la expresión, por más que se controle el nivel fonológico, no se controla el nivel sintáctico, etc. El presentador interviene de modo inconsciente por medio de su lenguaje, de su manera de plantear las preguntas, de su entonación.

Otro ejemplo muy significativo lo constituyen las diferentes maneras de decir “gracias”. “Gracias” puede significar: “le doy las gracias, le estoy agradecido, me ha complacido escuchar sus palabras.”. Pero hay una forma de decir gracias que equivale a despedir. “Gracias” quiere decir entonces: “Vale, ya está, pasemos al próximo.”

Otra estrategia del presentador: manipula la urgencia; utiliza el tiempo, las prisas, el reloj, para cortar la palabra, para apremiar, para interrumpir. Y aun le queda otro recurso, se erige como portavoz del público: “perdone, no acabo de comprender lo que quiere decir.” No da a entender que es idiota, sino que el que no comprende es el espectador de a pie, que es idiota por definición. Y que por ello se erige en portavoz de los “imbéciles” para interrumpir un discurso inteligente.

Si se pretende que alguien que no es profesional de la palabra consiga decir algo (y entonces con frecuencia dice cosas absolutamente extraordinarias, que la gene que se pasa la vida monopolizando la palabra ni siquiera sería capaz de pensar).

El segundo nivel: La composición del panel de invitados. Es determinante. Hay todo un trabajo de selección previa; hay personas a las que a uno ni se le ocurriría invitar, y las hay que rechazan la invitación. Pero el panel está ahí, y lo que se ve oculta lo que no se ve. Un cambio en la composición de los invitados produce un cambio en el sentido del mensaje. En el programa de Cavada había personas que estaban para explayarse diciendo lo que pensaban y había otras que están allí para explicar, para pronunciar un metadiscurso.

Otro factor invisible es el dispositivo montado previamente, mediante conversaciones preparatorias para sondear a los participantes que pueden desembocar en una especie de guion, más o menos rígido, como un molde al que los participantes han de adaptarse. La improvisación prácticamente no tiene cabida, ni la palabra libre, sin cortapisas, considerado arriesgada, incluso peligrosa, para el presentador y su programa.

Este espacio aun tiene otra propiedad invisible: la propia lógica del juego del lenguaje. Este juego tiene unas reglas tacitas, cada uno de los universos sociales por donde circula el discurso posee una estructura tal que hay cosas que pueden decirse y otras que no. Primer presupuesto implícito de este juego del lenguaje: el debate democrático concebido según el modelo de la lucha libre; tiene que haber enfrentamientos, el bueno, el bruto… Y, al mismo tiempo, no todos los golpes están permitidos. Los golpes han de respetar el molde de la lógica del lenguaje formal, erudito. Otras propiedades del espacio: la complicidad entre profesionales a la que he aludido anteriormente. A los que yo llamo fast thinkers, a los especialistas del pensamiento desechable, los profesionales los llaman “los buenos clientes”, personas maleables, que no crearan dificultades, y además hablan por los codos, sin problemas. Hay un universo de bueno clientes que se sienten como peces en el agua y otros clientes que se sienten como peces fuera del agua. Y luego, última cosa invisible… no hay que olvidar el inconsciente de los presentadores. Me ha sucedido muchas veces, incluso a mí, verme obligado a iniciar todas mis respuestas poniendo en tela de juicio la pregunta que iba a responder. Los periodistas, con sus lentes, con sus categorías de pensamiento, plantean unas preguntas que no tienen nada que ver con nada.

Contradicciones y tensiones

La televisión es un instrumento muy poco autónomo sobre el que recae una serie de constreñimientos originados por las relaciones sociales entre los periodistas, relaciones de competencia, encarnizada que son también relaciones de convivencia, basadas en los intereses comunes vinculados. De lo que resulta que este instrumento de comunicación aparentemente sin límites que es la televisión está muy controlada. Durante los años sesenta, muchos “sociólogos” (entre comillas) se apresuraron a decir que, en tanto que “medio de comunicación de masas” iba a “masificar”. La televisión iba a nivelar, a homogeneizar más o menos a todo los telespectadores. Eso significaba subestimar su capacidad de resistencia. Pero, sobre todo, significaba subestimar la capacidad de la propia televisión para transformar a quienes la producen y, en líneas más generales, a los demás periodistas y al conjunto de los productores culturales. El fenómeno más importante, y que era bastante difícil de prever, es la extensión extraordinaria de la influencia de la televisión sobre el conjunto de las actividades de producción cultural, incluidas las científicas o artísticas. En la actualidad, la televisión ha llevado a su extremo, a su límite, una contradicción que atormenta a todos los universos de producción cultural. Me refiero a la contradicción entre las condiciones económicas y sociales en las que hay que estar situado para poder producir un determinado tipo de obras, esas obras llamas “puras” (es un término ridículo), es decir, autónomas en relación con las imposiciones comerciales, etc. y, por otra parte, las condiciones sociales de transmisión de los productos obtenidos en tales condiciones.

En este microcosmos que es el mundo del periodismo, las tensiones son muy fuertes entre quienes desearían defender los valores de la autonomía, de la libertad respecto de las exigencias de la publicidad, de las presiones, de los jefes, etc., y quienes se someten a esas exigencias y son pagados por ellos en justa compensación. Apenas pueden expresarse, por lo menos en las pantallas de los televisores.

Verdú, V. (2003): La imagen, en El estilo del mundo, Barcelona, Anagrama, 113-155.

LA VIDA EN LAS PANTALLAS POR VICENTE VERDÚ

 Verdú nos dice “todos mienten y sabemos que mienten”, es una declaración que de verdad impacta por su crudeza. Parece ser que estamos en un momento en el que todos fingen, actúan, hacen “como si”, se miente para convivir, el riesgo está en que estamos perdiendo la división entro la verdad y la mentira, entre la realidad y la ficción.

Resulta entonces que eventos como el 11 de septiembre son planeados para que puedan ser vídeo grabados y convertidos en un verdadero drama por parte de periodistas. Historias reales se convierte en ficción y viceversa. Los medios de comunicación pueden llegar a maquillar cada evento que sucede y hacernos sentir cercanos o ajenos a las imágenes por la forma, momento y contenido de la noticia. A este problema se le suma la credulidad por parte del espectador, quién legitima cada noticia presentada  y entonces tenemos todo el show completo. La vida resultara así “un cuento contado por un idiota… y que no significa nada”.

Los medios de comunicación se convierten en jueces de lo que es real o no, aparecer en algún medio de comunicación, ser exhibido se convierte en sinónimo de existir, de ser real. Entonces los sujetos “comunes” luchan por salir en televisión y que su existencia se legitimada, alejarse del anonimato y ser visibles. Podríamos ser capaces de contar detalles absurdos sobre nuestra vida íntima para ser observados en cadena nacional aunque lo que digamos no sea trascendente o si quiera verdad.

Se busca que la vida se parezca más a un foro de televisión o al cine y hacemos de las bodas, cumpleaños o hasta una simple salida al cine todo un espectáculo lleno de luces y cámaras. Cualquier foto en Facebook puede comprobar esto, muchas de estas fotografías son de personas que se reunieron para una fiesta, comida o un recorrido al museo pero la fotografía tiene filtros, luces y retoque para borrar “imperfecciones”. Nada puede verse mal, tal y como en una película.

Marcas de amor

Verdú nos hace ver como las marcas nos están atropellando. Las podemos encontrar en prácticamente cualquier cosa, desde objetos hasta la misma naturaleza con sus fragancias y colores. Las empresas utilizan imágenes y colores que en realidad no pertenecen a nadie y los asocian con su marca para apropiarse de estos elementos y que cuando los vemos por separado sean un referente del producto que están vendiendo.

Esta técnica les ha funcionado muy bien, tanto que llega un momento en que  ya no decimos que usamos un pañuelo de papel sino, un Kleenex. La marca termina por sustituir al objeto.

A esto se suman los slogans ocupados para promocionar los productos, los cuales incitan a relacionar a la marca con creencias, actitudes, estilos de vida y hasta con un estatus social. Lo importante no es ya tanto la mercancía como la idea que incorpora.

Las compañías buscan tendencias, modas y las hacen suyas, en el capitalismo de ficción la atención se centra en el cliente para exprimir su dinero y que se siente satisfecho de ello.

Museos exultantes

Los museos se han tenido que enfrentar a la velocidad con la que estamos viviendo, además de todas las nuevas formas de entretenimiento y las espectaculares formas de presentar a estas. Los museos no se podían salvar del consumismo y para no desaparecer se han ido convirtiendo en un producto más.

La estrategia que ocupan se parece mucho a la de Disney, haciendo un espectáculo de cada obra presentada. Se están acercando a ser un parque de diversiones y por lo tanta dejando a un lado su función como medio de difusión de la cultura. Para Verdú el museo no es ya la realidad que era, sino una nueva producción. No es la memoria del pasado sino un presente divertido, no es educación sino distracción, no sobrevive gracias a la cultura profunda sino a la cultura pop o e negocio a secas.

Aunado a esto se encuentra la venta de arte, cobrar un comisión por la venta de los objetos expuestos se ha vuelo una práctica común.

Creacion o producción

Y si los museos dieron su brazo a torce ¿Por qué no lo harían los artistas? Ellos también fueron devorados por el capitalismo de consumo y ha dejado de ser “los inspirados”, los originales, los tocados por dios para pasar a ser una caricatura de lo que eran.

Si todos mienten y hacen como que creen todo lo que se dice, muchos artistas y creativos han dejado de producir ideas originales a cambio de dinero y fama. Ya no intentan hacer que sus obras sean llamadas de arte sino espectaculares, sensacionales o entretenidas. Para ello cualquiera que quiera crear un nuevo producto hace muchas preguntas a sus clientes (estudios de mercado), averiguan que es lo que gusta y a partir de las respuestas crear algo que impacte pero que sobretodo que  venda. Los artistas se convierten en artistas y los artistas en hombres de negocios.

Para esto se necesita todo un equipo de trabajo, lo que hace que el nuevo producto no se resultado del trabajo de una sola persona, dando como resultado que se desplace “al artista” y el equipo se llene de profesionales que saben cazar las tendencias. Como producto resultan libros, guiones de películas, programas de televisión que son del gusto de una gran cantidad de gente para que el producto sea vendido lo más rápido posible.

Aún hay excepciones, hay artistas geniales y “extraños”, pero lo que importa en caso de pretenderse distinto, es traducirse en suceso mediático, de nuevo convertirse en un espectáculo. De no lograrlo se ven derrotados y humillados.

Moda o ideología

Para lograr atraer la atención los artistas también han recurrido a la estética de lo feo. Presentando obras que produzcan repulsión y desagrado, de tal forma que las personas no pueden dejan de mirar. Se crea todo un suceso y se produce toda una moda. Desde la ropa hasta la misma ciencia, una vez más con el objetivo de hacer más atractivo al producto y facilitar la venta

Para Verdú los diseñadores de moda patrocinan incluso estilos de vida. Tal y como ocurre con las marcas, la utilidad de los objetos pasa a segundo plano, lo importante resulta ser el espectáculo que nos puedan dar, las sensaciones y el impacto generado en nosotros. Y los diseñadores aprendieron esto muy bien.

CHARLES VAN DOREN

Hijo de un poeta, fue conocido hace muchos años por un fraude realizado en un programa de concursos en el cual gano mucho dinero a costa de hacer trampa, pero hoy en día es conocido por sus dos libros, breve historia del saber y breve historia del leer, en el primero se trabaja con una perspectiva acerca de cómo la humanidad ha obtenido el conocimiento que tiene.

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GILLES LIPOVETSKY

Filosofo francés, su mayor obra, “la era del vacío”, trata temáticas como lo frívolo y lo efímero, ya que según su punto de vista los filósofos deben de concentrarse en la realidad y esta se encuentra en estos dos puntos, pero no solo ha trabajado con estos puntos, sino también con la moda y otros temas por demás interesantes.

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PIERRE BOURDIEU

Nacido en Paris, es un sociólogo muy conocido, ha sido profesor, director de revista y fundador de una editorial, el 1989 obtuvo el nombramiento honoris causa por la universidad de Berlín. En sus primeros trabajos se nota claramente una tendencia hacia la sociología de la educación, para posteriormente hacer trabajos de crítica a la cultura o al sufrimiento.

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